Evidencia del proceso de cristianización. Jesús dijo a sus discípulos cuando los soldados romanos lo juzgaban para que respondiera a sus acusadores: «No le digan a nadie quién soy» (Mateo 16:20-; Marcos 8:30-; Lucas 9:21). En otro pasaje, Jesús dijo al ser informado de su sentencia de muerte: «Si es posible, Padre, aparta de mí esta copa» (Mateo 26:39-; Marcos 14:36-; Lucas 22:42). Es muy claro que el discípulo Judas entregó a Jesús a los soldados romanos para que Cristo muriera.
Todos estos datos nos indican que la muerte de Jesús no fue prevista. La transformación de su muerte en salvación y sacrificio salvífico fue una creación para eludir y remediar la humillación de su muerte, reescribiendo una interpretación posterior del episodio de la muerte, que fue recompensada por la igualmente controvertida resurrección que se cuestiona en la carta de Pablo a los cristianos de Corinto. 1 Corintios 15:14. “Si Jesucristo no ha resucitado, entonces…”. No, no fue la muerte de Jesús la que salvó al mundo; su muerte fue como la de un soldado en la guerra, no para salvar al país, sino que su participación en la salvación fue injusta pero inevitable, a veces, ciertamente siempre indeseada; la victoria sería mayor sin las pérdidas.
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